Alejandro Casona. La dama del alba.

julio 30, 2012

Alejandro Casona, La dama del alba
Cátedra, 2005. 152 páginas.

Con un poco de suerte cuando lean esto yo estaré camino a Logroño para disfrutar de unas merecidas vacaciones. Las entradas, programadas, irán apareciendo hasta completar la misión de un día, un libro.

Como comenté en esta entrada Alejandro Casona. La sirena varada. Los árboles mueren de pie. he buscado más obras, en este caso una historia alrededor de la muerte.

En una familia asturiana todavía se llora la muerte de una hija cuando aparece una misteriosa peregrina. La peregrina, que no es otra que la muerte, no podrá cumplir su misión y además cambiará el destino de la familia y el de una joven que pensaba suicidarse en el río…

La obra está muy bien, el lenguaje poético marca de la casa no defrauda, y la historia recibió elogios internacionales. Pero aquí sí que detecto ese aire reaccionario que tanto se critica, además de una cierta falta de caridad cristiana. Salvo ese detalle, me ha gustado.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (332/365)

Extracto:
Andrés.—¿No te habías reído nunca?…
Peregrina.—Nunca. (Se toca las manos.) Es curioso…, me ha dejado calientes las manos… ¿Y esto que me late en los pulsos?… ¿Y esto que me salta aquí dentro?…
Dorina.—Es el corazón.
Peregrina.—(Casi con miedo.) No puede ser… ¡Sería maravilloso… y terrible! (Vacilafatigada.) Qué dulce fatiga. Nunca imaginé que la risa tuviera tanta fuerza.
Andrés.—Los grandes se cansan en seguida. ¿Quieres dormir?
Peregrina.—Después; ahora no puedo. Cuando ese reloj dé las nueve tengo que estar despierta. Alguien me está esperando en el paso del Rabión.
Dorina.—Nosotros te llamaremos. (Llevándola al sillón de la lumbre.) Ven. Siéntate.
Peregrina.—¡No! No puedo perder un minuto. (Se lleva un dedo a los labios.) Silencio… ¿No oís, lejos, galopar un caballo?
(Los niños prestan atención. Se miran.) Falín.—Yo no oigo nada. Dorina.—Será el corazón otra vez. Peregrina.—¡Ojalá! Ah, cómo me pesan los párpados.
No puedo…, no puedo más. (Se sienta, rendida.) Andrés.—Angélica sabía unas palabras para hacernos
dormir. ¿Quieres que te las diga? Peregrina.—Di. Pero no lo olvides… A las nueve en
punto…
Andrés.—Cierra los ojos y vete repitiendo sin pensar.
(Va salmodiando lentamente.) Allá arribita arribita… Peregrina.—(Repite, cada vez con menos fuerza.) Allá
arribita arribita… Andrés.—Hay una montaña blanca…
Peregrina.—Hay una montaña blanca…
Dorina.—En la montaña, un naranjo…
Peregrina.—En la montaña, un naranjo…
Falín.—En el naranjo, una rama…
Andrés.—Y en la rama cuatro nidos… dos de oro y dos de plata…
Peregrina.—(Ya sin voz.) Y en la rama cuatro nidos… cuatro nidos… cuatro… nidos…
Andrés.—Se durmió.
Dorina.—Pobre… Debe estar rendida de tanto caminar.

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