Ciencia Ficción 8.

julio 2, 2012

Editorial Bruguera, 1975. 224 páginas.
Trad. F. Corripio.

Ciencia Ficción 8
Otras formas

Otra selección de la revista Fantasy and Science Fiction a cargo de Frabetti, en este caso mostrando una literaturización del género al incluir diferentes formatos en los relatos. Se incluyen los siguientes:

Alta Tensión, Samuel R. Delany
Unos operarios intentan llevar electricidad a unos rebeldes -una especie de moteros del futuro- en la frontera canadiense.

El entrometido, Larry Niven
Relato policiaco al viejo estilo con extraterrestres de por medio.

Asignación lunática, Sonya Dorman
Una sesión entre un psiquiatra y su paciente no es lo que parece.

El racista, Isaac Asimov
La introducción de elementos mecánicos en el organismo llevará a la existencia de gente que prefiera soluciones orgánicas; una especie de racismo.

Un cuchillo sin filo, Harlan Ellison
Ahora que están de moda los vampiros no está de más recordar que existen otro tipo de vampiros que pueden ser mucho más terroríficos.

Jefes descarriados, Fritz leiber
La vida en un mundo regido por pautas hiperracionales puede provocar que afloren sentimientos contrarios y que nos despeñemos en un abismo de irracionalidad.

El gran mundo del deporte, Harvey Jacobs
En el transcurso de una gran final las cosas no son lo que parecen y acabarán de una manera brutal.

Pausa para el café, D. F. Jones
Una afortunada casualidad hace que el café que se sirve en la ONU tenga unas propiedades peculiares; que todo el mundo se vuelva razonable.

Dentro de estas selecciones es una de las que más me ha gustado.

Calificación: Bueno++.

Un día, un libro (305/365)


Extracto:[-]

—Veamos, entonces —añadió—. Empecemos por un asunto sencillo que nos viene incomodando desde hace mucho tiempo. Se trata de esa infortunada disputa fronteriza entre Nueva Groglie y Elingilanda.

Frenéticos vítores acogieron la resolución. Ni siquiera el que no había tomado café pudo oponer reparos al comentario. Aquel caso nunca había figurado entre los diez principales. Ninguno de los dos países litigantes tenía el poderío o el ascendiente necesario como para que el caso que los enfrentaba llegase a desembocar en una crisis general. Ni el Este ni el Oeste tenían interés alguno en la zona, por lo que dejaban que el problema se resolviese por sí solo. Mientras los interesados se ocuparan de sus asuntos, menos probabilidades de crear un conflicto que afectara a las grandes potencias.

Ambos países reclamaban una franja de terreno asolada por un horrendo clima. Sus habitantes, víctimas del subdesarrollo, padecían el hambre, la miseria y la desesperanza. Esta tristeza se agravó cuando advirtieron la repentina llegada de unos camiones con soldados de los países vecinos, tropas que para las gentes locales resultaban muy elegantes con sus uniformes de tercera mano. Algunos jefes de aquellas bizarras huestes explicaron a los nativos con inusitado ardor, que su futuro dependía de «X». Otros trataban de convencerlos del hecho que la única solución para ellos era «X». Pero en realidad nada de esto preocupaba a los pobres nativos de la zona en conflicto. El verdadero problema para ellos era la comida y la ropa. Hubo algunas escaramuzas entre los bandos rivales, y al principio los nativos encontraron interesante la acción, pero luego se desilusionaron al ver que ninguno de los bandos sufría muchas bajas. Al final quienes sufrieron bajas fueron ellos, los propios nativos. Una serie de ráfagas de ametralladora en una aldea que podía estar ocupada por el enemigo resulta mucho menos peligroso que disparar contra un enemigo que está armado.

Los nativos también descubrieron que sus libertadores esperaban gratitud y toda clase de ayuda de ellos. Aquellas atrasadas gentes, que vivían prácticamente en el Medioevo, se acostumbraron rápidamente al mecanismo de las requisas, de los reglamentos, de la toma de rehenes y otros brillantes ejemplos de la era de plástico. Tuvieron, asimismo, que ver cómo derruían sus míseros hogares, y cuando las tropas se retiraron, ebrias de victoria —inevitablemente triunfaron ambos bandos—, tuvieron que dedicarse a enterrar a sus muertos y a reparar sus chozas.
Claro está que había un hecho más esperanzador. Los libertadores no se presentaron con las manos vacías. Sin embargo, los nativos no encontraron muy satisfactorios sus obsequios. La mayor parte de las banderas eran de papel, y si bien los retratos de los respectivos jefes de estado resultaban interesantes, en cambio los panfletos no tenían utilidad alguna, puesto que nadie allí sabía leer, y siendo gentes de corto alcance no se les ocurrió destinar a ningún otro uso aquellos papeles.

En realidad todo aquello era sumamente gracioso, pero se necesita un auténtico sentido del humor para apreciar esta clase de situaciones, sobre todo cuando se sufre de hambre crónica, las paredes de la choza se desmoronan, el maíz que uno siembra va a parar a otros estómagos, y la propia hija, que cayó en manos de los soldados, se encuentra, evidentemente, embarazada.

Fue este trivial asunto, entonces, el que iba a airearse en la Asamblea General.

—Y ahora, señores —dijo el presidente—, ¿quieren ponerse en pie los dos delegados? Muchas gracias.

Sonrió imparcialmente a ambos, y prosiguió diciendo:

—Es ésta una gran ocasión para que ustedes dos nos muestren el camino a seguir respecto a esa franja de terreno. Usted, señor, ¿quiere decirnos para qué la desean?

Señaló al delegado de Elingilanda, quien vaciló un momento, y, tras echar una ojeada a sus notas…, las arrojó al suelo. Con cierta expresión de perplejidad movió la cabeza y dijo:

—No sé cómo no se ha dicho esto antes de ahora…, señor presidente. La única razón por la que queremos esas tierras es para evitar que los de Nueva Groglie se queden con ellas. No hay yacimientos minerales que valgan la pena, y los nativos constituyen un verdadero quebradero de cabeza, por estar más atrasados aún que nosotros. Pero si los groglies se quedan allí, eso supondría un duro golpe para nuestro orgullo nacional.

—¿Y es eso tan grave? —inquirió el presidente, con cierto aire de incredulidad.

—Yo así lo creía —repuso el elingilando, evidentemente desconcertado.

—Muchas gracias —dijo el presidente—. Y ahora usted, señor.

El groglie se puso en pie y sonrió alegremente.

—Nuestras razones no me parecen mucho mejor fundadas que las de mi oponente —declaró—. Esas tierras harán que nuestro mapa resulte más impresionante. Aparte de eso, sólo queremos importunar a los elingilandos. A decir verdad, señor —añadió, dirigiéndose al presidente como si fuera el único que se hallaba en la sala—, aunque mi gente no lo quiera decir, estoy seguro que la verdadera razón de todo esto es que hay que apartar de la mente de nuestro pueblo algunos problemas nacionales de gran envergadura. Todos conocemos bien la eficacia de semejante maniobra.
Numerosas cabezas asintieron.

—Bien, ahora sabemos a qué atenernos —manifestó el presidente de la asamblea, que se rascó una oreja con gesto distraído, escribió algo rápidamente y luego miró a los presentes, diciendo—: A ver qué les parece esto —y dio así lectura a sus notas—: «Los gobiernos de Nueva Groglie y de Elingilanda admiten no tener ningún derecho ni deseos de ocupar las tierras señaladas en el mapa depositado en la ONU en 1952.»

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