Alejandro Casona. La sirena varada. Los árboles mueren de pie.

mayo 1, 2012

Alejandro Casona, La sirena varada, Los árboles mueren de pie
Espasa-Calpe, 1990. 184 páginas.

En el prólogo del libro, que pone al autor en su contexto, me llamaba la atención que el autor no dejara a nadie indiferente. Tenía muchas críticas que decían de él que hacía un teatro poco comprometido. Así que las obras las he leído con espíritu de ‘a ver que pasa’.

En La sirena varada las aspiraciones del protagonista de vivir en un mundo de fantasía cambiarán cuando tenga que enfrentarse a la dura realidad. En Los árboles mueren de pie una empresa se dedica a mejorar el mundo de una manera curiosa, y tendrán que hacer creer a una abuela que su nieto ha vuelto.

En las dos obras se remarca la necesidad de reconocer la verdad frente a la fantasía, así que no se le puede acusar de ser un autor que busque la evasión. La primera obra tiene un final que me ha estado haciendo llorar una semana -recuerden que tengo la lágrima fácil. La segunda, en la que se puede detectar algo de ese sentir reaccionario que le criticaban -aunque no mucho- también es muy buena. La idea de modificar la realidad mediante fantasías bien ensayadas tiene un atractivo innegable (véase el extracto del final para saber por donde van los tiros).

Yo ya estoy buscando más obras suyas.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (244/365)

Extractos:
Florín.—Aunque se lo crea.
Daniel.—Allá usted, don Florín.
Florín.—Mire, Daniel, ahora tal vez le diera la razón; pero mañana me arrepentiría. Si emprendí la curación de Sirena fue porque Ricardo me lo pedía con gritos del alma. Y cuando le devolví las primeras luces y fui adivinando la verdad de su vida a través de sus ramalazos de razón, sentí espanto de mi propia obra. Vi bien lo que le quitaba y lo que le iba a dar en cambio. ¿Cree usted que no dudé? Pero no importa: Ricardo la quiere. Que la quiera tal como es; yo no puedo hacer otra cosa.
Daniel.—Allá usted, don Florín.
FLORÍN.—Mentirle, no; por dura que sea la verdad, hay que mirarla de frente. (Junto a él con intención.) ¿Me oye, Daniel? Por dura que sea. De nada sirve vendarse los ojos.
DANIEL.— (Angustiado.) ¡Calle! (Recobrándose al sentir pasos.) Buenas tardes, Ricardo. (Sale.)


Mauricio.—Artistas, sí; profesionales, jamás. Los actores profesionales son muy peligrosos en los mutis, y el que menos pediría colaboración extraordinaria en el cartel.
Isabel.—(Mira en torno, complacida.) Es increíble. Lo estoy viendo y no acaba de entrarme en la cabeza. (Confidencial.) ¿De verdad?, de verdad, no están ustedes un poco…?
Mauricio.—(Ríe.) Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo, todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos.
ISABEL.—Me gustaría ver los archivos; deben tener historias emocionantes, ¡tan complicadas!
Mauricio.—No lo crea; las más emocionantes suelen ser las más sencillas. Como el caso del juez Mendizábal. ¡Nuestra obra maestra!
Isabel.—¿Puedo conocerla?
Mauricio.—Cómo no. Una noche el juez Mendizábal iba a firmar una sentencia de muerte; ya había firmado muchas en su vida y no había peligro de que le temblara el pulso. El juez Mendizábal era insensible al dolor humano, pero en cambio sentía una profunda ternura por los pájaros. Frente a su ventana abierta, el juez redactaba tranquilamente la sentencia. En aquel momento, en el jardín, rompió a cantar un ruiseñor. Fue como si de pronto se oyera en el silencio el corazón de la noche. Y aquella mano de hielo tembló por primera vez. Sólo entonces comprendió que hasta en la vida más pequeña hay algo tan sagrado y tan alto que jamás un hombre tendrá el derecho de quitárselo a otro. Y la sentencia no se firmó.
ISABEL.—¡ Ah, no, no, no, por favor, esto es demasiado! ¡No irá a decirme que también aquel ruiseñor era usted!
Mauricio.—No, yo no he llegado a tanto. Pero tenemos un imitador de pájaros ¡prodigioso! Algunas noches de verano, en señal de gratitud, le hacemos volver a cantar al jardín de Mendizábal. ¿Está ya claro todo?

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