Philip Jose Farmer. El dios de piedra despierta.

marzo 27, 2012

Philip Jose Farmer, El dios de piedra despierta
Dronte, 1976. 206 páginas.
Tit. Or. The stone god awakens. Trad. José M. Álvarez Flórez.

Libro gratis (¡menos mal!) y totalmente desconocido de un autor al que he leído mucho.

El protagonista queda petrificado en un experimento y un rayo consigue despertarlo millones de años después. Convertido en un dios para los felinos humanoides que lo adoraban deberá enfrentarse a una tierra completamente desconocida.

Si el punto de partida es increíble las aventuras de después -trayendo a marchas forzadas una civilización con arcos y pólvora, al más puro estilo Un yanky en la corte del rey Arturo– llegan a alturas disparatadas.

Inspirado en los relatos pulps de antes de la edad de oro (ya comentados aquí: La edad de oro de la ciencia ficción) apenas tiene la virtud de la puesta al día de personajes y argumentos, y el autor se muestra bastante pacato en la relación entre el protagonista y la mujer gato que es su mano derecha desde el comienzo de la aventura. Y eso que ya había escrito Los amantes.

Calificación: Flojillo.

Un día, un libro (209/365)

Extracto:
En 1985 (cuántas eras atrás?) él trabajaba como biofí-sico en el Proyecto Niobe. Estaba a punto de conseguir su doctorado en la cercana Universidad de Syracusa. El objetivo del proyecto era el desarrollo de un «congelador de materia», como decían los que trabajaban en él. El instrumento podía paralizar todo el movimiento atómico de un fragmento de materia por tiempo indeterminado. Las moléculas, los átomos y las partes que formaban los átomos (protones, neutrones, etc.) dejaban de moverse. Una bacteria sometida al complejo energético que irradiaba el congelador se convertía en una estatua microscópica. Quedaba como si fuese de piedra, pero de una piedra indestructible. Nada, ni ácidos ni explosivos, ni radiaciones atómicas ni grandes tem-peraturas, podía destruirla.
El instrumento tenía grandes posibilidades como agente preservador y como «rayo de muerte», o como «rayo de vida», si se prefería tal término. Pero hasta el momento resultaba inviable por su corto alcance y porque exigía cantidades enormes de energía. Además, no existía siquiera idea de cómo podía «despetrificarse» la materia «petrificada».
Habían sido petrificados una bacteria, un huevo de erizo marino, una lombriz de tierra y una rata. La mañana que Ulises cayó en su largo sueño, trabajaba en un experimento en el que iba a ser petrificada una cobaya. Si el experimento tenía éxito el paso siguiente sería petrificar un poney.
Todo había ido como antes… hasta cierto punto. Ulises
estaba sentado en su mesa, pero se disponía ya casi a levantarse y cruzar hasta el panel de control que supervisaba. La máquina estaba ya encendida y se calentaba. Frente a su mesa pudo ver el panel con los indicadores de toma de energía y otros marcadores y controles.
De pronto la aguja del gran medidor de energía había avanzado hacia el rojo. Los operadores habían gritado y uno se había levantado de un salto. Ulises había alzado la cabeza en el momento en que giraba la aguja. Y era lo único que recordaba. Nada había entre entonces y el momento en que abrió los ojos en el templo en llamas.
Era bastante fácil imaginar, en términos generales, lo que había sucedido. Algo había pasado en aquel complicado aparato; había estallado o había lanzado un rayo fino y concentrado que teóricamente aún no era capaz de producir. Y él, Ulises Singing Bear, había sido atrapado por aquel rayo. «Petrificado». No sabía si los otros habían escapado a aquello o se habían convertido también en «piedra». Quizás no lo supiese nunca.
Y así, habían transcurrido eones, durante los cuales él había sido como una estatua de una de las materias más duras del universo. Podría haber continuado así cuando el sol estallase y destrozase la Tierra y le enviase entre los grandes fragmentos a través del espacio, hacia las estrellas. En realidad bien podría haber sucedido precisamente eso, y él haberse arrastrado durante millones, quizás billones y billones de años, mientras unas galaxias morían y se formaban otras nuevas. O toda la materia del oscilante universo retrocedía para formar un átomo primigenio y estallaba de nuevo y se veía lanzado a velocidades próximas a la de la luz, y luego quedaba atrapado en materia recién formada, para constituir quizás el núcleo de un planeta. Quizás estuviese dentro de una nueva estrella y fuese lanzado durante una erupción de gigantesca inmensidad al espacio y atrapado allí por el campo gravitato-rio de un planeta y sorbido incendiando toneladas de aire en su caída y hundiéndose profundamente en la tierra. Y yacer allí mientras las frescas aguas oceánicas de los mares primigenios se convertían en materia salina. Y los continentes se desgajaban y flotaban alejándose unos de otros, sobre la superficie de la tierra. Y él se veía alzado con la formación de nuevas cadenas montañosas y expuesto al aire por los terremotos, lanzado por erupciones volcánicas, destapado por la erosión del viento y del agua muchas, muchas veces.

2 comentarios

  • Cities: Walking marzo 30, 2012en12:22 pm

    ¿Un libro de Farmer flojillo? ¿¿¿En serio??? [Modo ironía: ON]

  • Palimp marzo 31, 2012en10:19 pm

    Más de lo habitual.

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