Ross MacDonald. El Enemigo Insólito.

marzo 12, 2012

Ross MacDonald, El Enemigo Insólito
Bruguera, 1981. 290 páginas.
Tit. Or. The instant enemy. Trad. Mary Williams.

Creo que esta fue la primera de la serie de novelas del autor que estoy leyendo.

Al detective Lew Archer le han encargado la búsqueda de una chica que ha escapado de su casa, pero tras ese encargo en apariencia trivial se esconde una cadena de crímenes.

Apenas hay reseñas de esta novela, aquí una: El enemigo insólito, y dado el tiempo que hace que me la leí apenas puedo decir que los mejor es lo habitual del autor, como tras una fachada de aparente respetabilidad se esconden trapos muy sucios.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (184/365)

Extracto:
Negó con la cabeza, subió al jeep y me condujo por el camino asfaltado que subía. Una vez que pasamos la primera curva, el lugar parecía casi tan remoto e intocado como un país lejano. Las perdices se llamaban entre los arbustos y los pájaros más pequeños picoteaban las moras rojas de entre las hojas verdes. Un par de buitres planeaban a lo alto, sobre una fuente termal, vigilando las cosas.
El camino pasaba sobre un vado y corría a loj largo de la cresta de un ancho dique de tierra que retenía el agua de un lago artificial, en el que había patos, ánades, cercetas color de canela, y en el pasto, alrededor de la costa, gallinetas acuáticas.
Mi escolta sacó su revólver y sin detener su jeep disparó a la gallineta más próxima. Creo que me esa taba haciendo una demostración. Todos los patos levantaron el vuelo, y todas las gallinetas, menos una, entraron al lago, de prisa, espantadas, como pequeños dibujos animados de gente aterrorizada.
La casa estaba arriba, en el lejano extremo del lago. Era amplia, baja y hermosa y quedaba tan bien en el paisaje que parecía una parte de él.
La señora Hackett estaba esperando en la terraza trente a la casa. Vestía un traje de lana marrón y suf pelo largo y rubio estaba recogido en un moño flojo en la nuca. Tendría apenas treinta años, era bonita, regordeta y muy rubia. En un tono irritado le preguntó al hombre del jeep:
— ¿Fue usted quien disparó el arma?
— Maté una gallineta.
— Le he dicho que no haga eso. Aleja a los patos. I
— Hay demasiadas gallinetas.
— No me replique, Lupe — dijo, poniéndose pálida. 1 Se miraron echando chispas por los ojos. La cara 1
de él era como una montura de cuero labrada. La de
ella, como de porcelana de Dresden. Aparentemente, ganó la porcelana. Lupe se marchó en el jeep y desapareció en uno de los edificios exteriores.
Me presenté. La mujer se volvió hacia mí, pero todavía pensando en Lupe.
— Es insubordinado. No sé cómo tratarlo. Llevo en este país más de diez años y todavía no comprendo a los norteamericanos. — Su acento era de Europa Central, probablemente austríaco o alemán.
— Yo he estado aquí durante más de cuarenta años — respondí —, y tampoco comprendo a los norteamericanos. Los hispanoamericanos son especialmente difíciles de comprender.
— Me temo que no me resulte de mucha ayuda — sonrió e hizo un gesto de impotencia con sus hombros bastante anchos.
— ¿Cuál es el trabajo de Lupe?
— Cuidar de la finca.
— ¿El solo?
— No es tanto trabajo como podría pensarse. Tenemos un servicio de mantenimiento contratado para la casa y las tierras. A mi marido le disgusta tener sirvientes dentro de la casa. Personalmente, los añoro. En casa de mis padres siempre teníamos sirvientes.
— ¿De qué país es usted?
— De Bayerne — dijo, con mucha nostalgia —. Cerca de Munich. Mi familia ha vivido en la misma casa desde la época de Napoleón.
— ¿Desde cuándo vive aquí?
— Hace diez años. Stephen me trajo a su país hace diez años. Todavía no estoy acostumbrada. En Alemania, la clase a que pertenecen los sirvientes nos tratan con respeto.
— Lupe no actúa como un sirviente típico.

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