August Strindberg, Comedia Onírica. Per Olov Enquist, La noche de las Tríbadas.

febrero 28, 2012

August Strindberg, Comedia Onírica. Per Olov Enquist, La noche de las Tríbadas
Nórdica libros, 2007. 236 páginas.
Tit. Or.: Ett drömspel y Tribadernas natt. Trad.: Francisco J. Uriz.

La primera vez que leí a Strindberg fue hace mucho tiempo, y me impactó su visión del mundo tan pesimista, como un lugar lleno de infelicidad donde los hombres se pisotean unos a otros. Esta edición de Nórdica combina una obra del autor con otra basada en un fragmento de su vida.

En Comedia Onírica la hija del diosIndra baja a la tierra y ve lo desgraciados que son los hombres. En La noche de las tríbadas asistimos a una discusión entre Strindberg, su mujer Siri y una antigua amante de ésta.

La primera era según el autor mi drama más querido, hijo de mi más profundo dolor, pero a mí me gustan más otras obras suyas. La segunda añade al interés de conocer un poco más a Strindberg mantener el tono, modernizado, de sus obras.

Una buena reseña aquí: Comedia Onírica.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (181/365)

Extractos:
A veces trato de desinfectarla quemando aquí dentro azufre, pero no arregla nada: duermo ahí al lado y no sueño más que con crímenes… En la actualidad llevo un caso de asesinato en la audiencia.. .Todo eso, aunque es duro, puede pasar, pero ¿sabes qué es lo peor de todo?… ¡Separar matrimonios! — Es como si se alzase un grito en la tierra y llegase hasta el cielo… un grito de traición contra las fuerzas primigenias, contra las fuentes del bien, contra el amor… Y, sabes, cuando estas resmas de papel están abarrotadas de quejas y acusaciones mutuas, aparece un buen día un hombre bueno y llama aparte a uno de los cónyuges y tirándole cariñosamente de la oreja le pregunta sencillamente: en realidad ¿qué tiene usted contra su marido —o su esposa—? Entonces él —o ella— se queda sin contestación ¡no saben cuál es la causa! Una vez — bueno, el motivo era una lechuga, otras una palabra: la mayoría de las veces ¡nada! Pero ¡el sufrimiento, la angustia! ¡Eso lo tengo que soportar yo!… Mira qué cara tengo. ¿Crees que podría conquistar el amor de una mujer con este aspecto de delincuente? ¿Y crees que alguien puede querer ser mi amigo si soy el encargado del cobro ejecutivo de todas las deudas de la ciudad?… ¡Un puro lamento, eso es lo que es ser hombre!

Lo no tan totalmente privado: las ratas en el hoyo. Con extraordinaria precisión Strindberg describió, por ejemplo en sus piezas de cámara, la desintegración de la familia en una sociedad capitalista. Implacablemente desveló la estructura de la
familia burguesa, describió cómo se fueron corrompiendo los más íntimos rincones en el interior del ser humano. El que quiera examinar cómo la sociedad deja marcada su huella en los sentimientos puede estudiar con gran provecho a Strindberg. Pero lo que hace de Strindberg un personaje tan notable y ambiguo es que él, al mismo tiempo, amaba también la estructura familiar en vías de desintegración que con tanto odio describía. Unidos, íntimamente fundidos al odio contra la familia burguesa, hay una tremenda angustia y un gran temor ante el inmenso vacío que surge tras la desintegración. Odiaba y amaba a la vez la seguridad que le proporcionaba el hoyo de la familia.
Pero ¿se trata únicamente de la «familia»?
Es verdad: muchos, entre los que podemos citar al marxista alemán Jürgen Habermas, han definido con exactitud el final del siglo XIX como la época en la que se desintegró el pilar básico de la sociedad burguesa, es decir, la familia. En 1889 esto tuvo que haber sido muy patente. Algo que hasta ese momento había dado gran seguridad y confianza ya no las daba. Al perder su base económica, escribe Habermas, es decir al ser sustituida la propiedad familiar por los ingresos del trabajo personal, la familia pierde de repente su función en la producción. Las funciones económicas de la familia se van reduciendo y, al mismo tiempo, se va limitando la esfera de la intimidad.

STRINDBERG.— Desde ese momento mis ideas sobre la emancipación de la mujer quedaron firmemente establecidas.
Schiwe (nadie dice nada, hay un gran silencio, finalmente pregunta indeciso).— ¿Es verdad todo eso?
STRINDBERG.— Pregunte a las señoras.
SCHIWE.— ¿Es verdad todo esto?
SlRI.— Mira… hay dos clases de escritores. Unos mienten juntando pequeños fragmentos de verdades. Los otros dicen la verdad utilizando un puñado de mentiras.
Strindberg.— ¿Y yo, a cuál pertenezco?
SlRI.— A la peor.
Schiwe (todavía afectado).— …y usted, señora Strindberg, ¿qué hizo? ¿cómo experimentó usted…?
SlRI.— No hice nada. Sencillamente, estaba triste.
Strindberg (en voz baja, casi arrepentido, le habla solo a ella).— Siri había perdido a su amada y estaba inquieta y se sentía desgraciada. Se dedicaba, sobre todo, a pasear por los bosques, a cantar sus romanzas y a visitar los lugares favoritos de su amiga. Lloraba desconsolada. ¿No fue así, Siri?

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