Honoré de Balzac. César Birotteau.

noviembre 1, 2011

Bruguera, 1969. 190 páginas.
Trad. M. Carmen Vila.
Honoré de Balzac, Eugenia Grandet, César Birotteau, La casa Nucingen
Comercio

Sigo leyendo a Balzac, aunque debo ser de los pocos, porque no encuentro en ninguna parte reseñas de esta obra. Tiene su página en la wikipedia (inglés y francés) y para de contar.

César Birotteau es un honrado comerciante que con esfuerzo mejora su posición, pero se mete en inversiones arriesgadas y por culpa de un antiguo dependiente que ha escalado puestos en la sociedad, pero de dudosa moralidad, lo perderá todo. Con esfuerzo intentará salvar su honor y patrimonio.

El protagonista, más que el comerciante, es el comercio y sus bastidores. Si en La casa Nucingen se habla de altas finanzas aquí son el pequeño empresario y la alta burguesía los que vertebran la historia. Historia que Balzac aprovecha para presentarnos un retrato de la sociedad de su tiempo que hoy nos sigue interesando. Porque no creo que hayamos cambiado tanto: mientras el pequeño comerciante suele ser honrado y cuida de su negocio, los financieros sólo miran al beneficio y si se puede meter mano en la caja, adelante.

Destacables son también los comienzos de la publicidad, e incluso los primeros productos milagros para hacer crecer el cabello. Más de cien años después, los hombres calvos queremos seguir creyendo en aceites milagrosos.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (62/365)

Extracto:
—A cierta edad, los hombres calvos darían toda su fortuna por tener cabello. Desde hace algún tiempo, los peluqueros me dicen que venden, no solamente «Macassar», sino todas las drogas para teñir el cabello o que se cree que sirven para que vuelva a salir. Desde que vivimos en la paz, los hombres están mucho más cerca de las mujeres y a ellas no les gustan los calvos. ¿No, gatita? La gran demanda de ese artículo se explica, pues, por la situación política. Un mejunje que sirva para conservar el cabello se venderá como pan bendito, y más aún esta «esencia», que será, sin duda, aprobada por la Academia de Ciencias. Bien puede ser que me ayude el señor Vauquelin[1]. Iré mañana a someterle mi idea, ofreciéndole el grabado que, al fin, después de dos años de búsquedas por Alemania, he logrado encontrar. Precisamente, él trabaja ahora en el análisis de los cabellos. Me lo ha dicho Chiffreville, su socio en la fábrica de productos químicos. Si mi descubrimiento está de acuerdo con sus estudios, mi «esencia» será adquirida por hombres y mujeres. Mi idea representa una fortuna, te lo repito. No duermo pensando en ello. Por suerte, el pequeño Popinot tiene los más hermosos cabellos del mundo. Con una dependienta que tenga los suyos tan largos que lleguen hasta el suelo y que diga —si ello es posible sin ofender a Dios ni al prójimo— que el Aceite Comágeno» (porque, decididamente, será un aceite) tiene su parte en tan hermosa cabellera, las cabezas de los canosos se lanzarán a él como la pobreza al mundo. ¿Y qué me dices, cariño, de tu baile? No soy malo, pero me gustaría encontrarme con ese bobo de Tillet, que se da tanta importancia con su fortuna y que, en la Bolsa, hace siempre como que no me ve. Sabe que conozco algo de su vida que no es muy digno. Quizá he sido demasiado bueno con él. Es curioso, querida, que uno se vea siempre castigado por sus buenas acciones; aquí, en la tierra, se entiende. Siempre me he conducido como un padre con él; no sabes lo que he hecho por ese hombre —terminó Birotteau.

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