Gianni Rodari. Veinte historias más una.

octubre 27, 2011

Ediciones SM, 2010. 252 páginas.
Tit. Or. Venti storie piú una. Trad. Consuelo Gallego. Il. Fran Collado.
Gianni Rodari, Veinte historias más una
Imaginación al poder

Soy admirador declarado de Gianni Rodari, y no podía dejar pasar dos libros que encontré en la biblioteca, un recopilatorio del que hablaré otro día, y estas veinte historias más una que son las siguientes:

1 Teresita «la-que-no-crece»
2 Pesa-de-más y Pesa-de-menos
3 Migas/ritas
4 El príncipe leñador
5 El príncipe Tonto
6 La princesa Alegría
7 El mago Garú
8 La estatua parlante
9 La guitarra del emperador
10 La armónica del soldado
11 Niño y Nina
12 La casa de Tres Botones
13 El rey Midas y el bandido Filomeno
14 El doctor de los espejos
15 El pastor y la fuente
16 La ancianita del belén
17 Llega el tío Blanco
18 El tío Blanco da la vuelta al mundo
19 La coronación de León X
20 Un rascacielos en el mar
+1 El príncipe ciego

Que demuestran que la imaginación y el talento de Rodari brilla en todas las distancias, y que tiene personajes tan simpáticos como Gustavo, un pícaro incorregible, o el tío Blanco, un oso polar muy viajero. Cuentos como la armónica del soldado invitan a la esperanza, y otros como La coronación de León X (reproducido al final) dan cuenta de como ha cambiado el mundo.

Pero todos, todos, rebosan imaginación, ternura, optimismo y buen humor.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (57/365)

Extracto:
La coronación de León X

HABÍA muerto Félix IV, luego León X debía ser coronado. La coronación de un león siempre es una ceremonia magnífica: carroza de oro, todos los regimientos con uniforme de gala, la corona cubierta de perlas sobre el cojín rojo y todos aquellos invitados venidos de todo el mundo; en fin, un espectáculo que deja corto al mejor circo del mundo. Algo para chuparse los dedos, y luego también los codos.
El maestro de ceremonias, el príncipe Leónidas, era el tío del joven rey. Pasó tres días y tres noches instruyéndole acerca de lo que tenía que hacer y sobre lo que no debía hacer: que si una reverencia a la reina madre por aquí, que si un saludo con la mano derecha a los notables por allá. Y sobre todo, que durante toda la ceremonia se abstuviera de llevarse a la boca el primer ratoncillo que cayera en sus garras.
-Durante la coronación no se come, ¿entendido?
-Primero, la enagua púrpura. Ahora, los zapatos con la hebilla. Luego, la casaca de damasco. Después, la capa de armiño. Veamos los guantes: ningún agujero, por suerte. Cuando vuestro padre fue coronado, nadie se acordó de inspeccionar los guantes, y resultó que, mientras saludaba a la multitud enardecida, se le salían las uñas por los agujeros.
A las nueve, en el patio interior del palacio real, se formó el cortejo de las carrozas de gala. A las nueve y cuarto, la primera carroza se dirigió hacia la verja, salió a la plaza… En este punto, el príncipe Leónidas comentó frunciendo el entrecejo:
-¿No hay aplausos? Qué raro. Lo habitual es que, cuando el cortejo sale del palacio real, estalle «un aplauso irrefrenable», como lo describen en los periódicos.
La sorpresa del príncipe Leónidas se tornó en doloroso estupor cuando la carroza en la que iba sentado, a la derecha de León X, franqueó la verja: la plaza estaba desierta. Vacía como una palangana sin agua. Ni un perro, ni un ratón.
-¡Cáspita! -exclamó el príncipe-. ¿Dónde están las multitudes entusiastas? ¿Dónde están los turistas que se agolpan para no perder ni un solo detalle del grandioso espectáculo? Por lo menos los niños, esos niños que corren detrás de la barandilla, ¿dónde están?
Ni siquiera había niños.
El cortejo atravesó la plaza y enfiló la avenida principal de la ciudad. ¡Qué festival de banderas, de pancartas de colores, de escudos ondeantes! Una visión formidable, verdaderamente. Pero en las aceras, detrás del cordón policial para mantener el orden, no había nadie. Nadie bajo los soportales. Nadie en las ventanas.
-¡Caramba! -exhaló el príncipe Leónidas-. ¿No hay nadie subido a los postes de las farolas para mirar? Y los curiosos sobre los tejados, ¿dónde están?
Sobre los tejados solamente había pajarillos aleteando, ocupados en sus cosas.
-Mis fieles subditos están en huelga -observó con tristeza el rey León X.
-No quiera el cielo -dijo el príncipe Leónidas con el corazón encogido- que estén haciendo la revolución.
-No creo -rebatió León X-. Si fuese la revolución, se verían las barricadas y la guillotina.
-Nunca se sabe -le advirtió su tío, el príncipe-. Ahora la gente ha inventado otras formas de hacer la revolución.
-Hace un día precioso -constató el soberano coronado-. Mi pueblo habrá salido a merendar al campo.
-¿Una merienda el día de la coronación? Eso es desde todo punto imposible. Hay pocas cosas más aburridas que una merienda. Ver pasar a un rey en su carroza es cien veces más divertido. Aunque solo sea para hacerle un gesto de desprecio a escondidas…
El cortejo real atravesó una tras otra todas las principales calles y plazas de la capital. Un espectáculo único, realmente. Pero no había nadie para admirarlo. Parecía atravesar una ciudad abandonada, aquel día de agosto.
-Podríamos aplazar la coronación -sugirió León X, que empezaba a sudar bajo la pesada vestimenta-. A mí lo que me apetece es ir a nadar un poco.
-¡Ni hablar! -le reprochó su tío el príncipe-. La coronación debe seguir su programa, pase lo que pase.
Y así fue. Pero no había nadie para aplaudir al rey recién coronado cuando salió de la catedral con la corona en la cabeza y el cetro en la mano derecha. El cortejo volvió tristemente hacia el palacio, recorriendo las calles y las plazas desiertas. El príncipe Leónidas estaba sentado inmóvil, con los brazos cruzados, a la derecha del rey, sin preocuparse por secar las lágrimas que le mojaban los bigotes. León X le miró de reojo y pensó: «Este es el momento».
Metió una mano bajo el asiento, extrajo la radio que había mandado esconder en ese lugar a un fiel servidor y se la pegó a la oreja.
-Aquí viene, aquí viene -declamaba una voz agitada, la voz para las grandes ocasiones-. El cortejo de la coronación está justo delante de la puerta del palacio real. El magnífico espectáculo está a punto de terminar. Primero, sin embargo, Su Majestad se asomará al balcón central para saludar a la multitud…
-Estás tú listo -sonrió León X- si esperas que de verdad me asome a saludar a las piedras y los postes de la plaza…
-Millones de personas han podido asistir a esta ceremonia incomparable, la más bella que jamás se ha visto desde los tiempos de León I, el fundador de la gloriosa dinastía…
-¿Millones de personas? -se preguntó León X-. ¡Será mentiroso!
-Millones de personas -continuó la voz-, con lágrimas en los ojos y con el corazón ardiente de amor patrio, han visto la coronación de nuestro queridísimo soberano en las pantallas de su televisor…
El rey dejó caer el aparato de radio en las rodillas.
-¡Que me aspen! -masculló-. Ahora lo entiendo todo. ESTABAN DELANTE DEL TELEVISOR, ¡ahí es donde estaban! Para disfrutar mejor del espectáculo, sin apretones, sin tener que trepar por encima de las cabezas de la gente. Qué listos son mis subditos. Además, yo también he preferido en muchas ocasiones ver el partido por televisión, en vez de ir a coger frío al estadio…
Y así es como sucedió. La gente se había aficionado tanto a la televisión, que una coronación vista en persona les habría parecido falsa: solo si la veían en la pantalla del televisor era una coronación «verdadera».
Cuando lo comprendió, León X comenzó a inclinarse y a sonreír a diestra y siniestra, mientras el príncipe Leónidas, que no había comprendido nada, murmuraba para sí:
-¡Pobrecillo, ha enloquecido de dolor! Míralo cómo saluda a las piedras y los postes…

Un comentario

  • Roxana Lemos mayo 9, 2018en12:31 am

    necesito comprar este libro !! soy de Argentina ,no lo consigo

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