Wenceslao Fernández Flórez. Impresiones de un hombre de buena fe.

marzo 7, 2011

Espasa-Calpe, 1964. 256 páginas.

Wenceslao Fernández Flórez, Impresiones de un hombre de buena fe
Política y humor

Este libro es una recopilación de artículos escritos entre 1920 y 1936 sobre la realidad política del país. Además de los datos interesantes que nos da sobre la época, la fina ironía y el buen hacer consiguen que hoy nos sigan arrancando una sonrisa. Muchas de las reflexiones siguen siendo igual de válidas. Veamos unas cuantas.

¿Nos quejamos de que hay mucho enchufe? No hay porqué:

El otorgamiento de prebendas está acotado para los hijos de los personajes, pero nada prohibe ser hijo de personaje. Eso es libre. ¿No es usted hijo de personaje? Pues… ¡qué se le va a hacer! El Estado no tiene la culpa, el Congreso tampoco, ni la Alta Cámara. Bastante francos son en esto nuestros gobernantes. Ellos se hartan de decir:
«Señores, aquí hay gangas para todos los hijos de los personajes políticos.»

Y la mayoría de las gentes se obstinan en no hacer de padres-personajes. Y después se quejan. Y salen con que si el talento o el mérito… Pero ¿qué talento? ¿A qué viene eso del talento? ¿No se avisó antes?

Veamos, señor maestro: ¿no son estúpidamente injustas esas lamentaciones?

Todo el mundo tiene que pagar impuestos, independientemente de si es noble o plebeyo ¿o no?

El marqués formuló esta atrevida hipótesis:

«Supongamos que la nobleza española se niega a pagar los tributos. ¿Qué ocurriría?»

Los viejos senadores acentuaron la ansiedad con atención. ¿Qué ocurriría?

El marqués tuvo la amabilidad de explicarlo inmediátamente. Ocurriría:

1.° Que ningún ministro de Hacienda se atrevería a adoptar las resoluciones pertinentes para castigo de los que se rebelasen.

2.° Que la monarquía se derrumbaría con terrible estrépito.

Estas afirmaciones son, para nosotros, incomprensibles. El señor marqués de Cortina ignora la severidad con que se suele proceder en España contra los que se resisten a contribuir a las cargas del Tesoro. No hace mucho tiempo, los vecinos de Puerto del Son —un ayuntamiento gallego— negáronse a pagar el impuesto de Consumos. Alegaban razones considerables: una de ellas, que ya lo habían pagado, y que no podía imputárseles que los caciques hubiesen devorado los fondos: otra, que no tenían un céntimo, que sufrían hambre, que vivían mal. Era verdad todo esto. Niños, mujeres y ancianos salieron en manifestación a la carretera. Se los fusiló. Quedaron siete u ocho cadáveres tendidos sobre la grava.

Señor marqués, si esto se hizo con unos pobres diablos, con unas míseras gentes que no poseían bienes de fortuna, que estaban exasperadas por una existencia de privaciones y trabajos, ¿cuál sería la legítima cólera del Gobierno contra los potentados que imitasen la conducta de los aldeanos de Puerto del Son? Sería terrible, señor marqués. El Gobierno es justo. El Gobierno ametrallaría a la nobleza; acaso resucitase contra ella los tormentos abolidos por la civilización. Y nadie podría quejarse. Había precedentes.

Hay políticos corruptos, que roban, pero aunque no lo hagan no están exentos de responsabilidad:

Ser honrado es muy fácil. Por eso, cuando nuestros políticos no pueden ser otra cosa, no pueden descollar por otra condición, se dedican resignadamente a ser honrados. Y si el pueblo clama contra sus desaciertos, contestan, dándose grandes palmadas en el esternon: «¡Yo soy un hombre puro; mi conducta no tiene tacha; mis paredes son de cristal; la política me ha costado dinero!»

Y parece que uno tiene que replicar:

«¡Ah!, si la política le ha costado dinero…, entonces… no he dicho nada. Perdone usted y dígame lo que le debo.»

Cuando, en justicia, uno debía vociferar:

«Te ha costado dinero, picaro vanidoso. ¿Y a mí? ¿Cuánto dinero nos ha costado a todos el que tú, hombre vulgar, hayas sido ministro o subsecretario, o director de lo que fueses? ¿Cuánto perdió el país? Al fin ¿qué hiciste? No robar. ¿Y cuántas escuelas nacen, cuántas carreteras surgen, cuántas iniciativas florecen con que tú no hayas robado? En definitiva, ¿no nos has robado el tiempo que contigo perdimos, soportándote en esa poltrona desde la que has ofrecido al país el tedioso y poco interesante espectáculo de tu austeridad de sereno de comercio?

En verdad, esta baratura de los políticos no nos conviene. Paguémosles. Pero no como ellos piden. Si se les dan mil pesetas, dos mil pesetas cada mes, harán lo qué ahora. No es negocio. Nosotros tenemos una idea mejor: pagarles a destajo. Más aún: darles una participación en las ganancias, organizar el Parlamento como una gran casa de negocios. ¿Qué ha hecho usted, señora diputado, señor ministro? ¿Aumentar las comunicaciones? ¿Parcelar los latifundios sin cultivo? He aquí su comisión y la prórroga del contrato de sus servicios. ¿Qué ha hecho usted? ¿Comprar para las tropas ametralladoras que no disparan o termógenos que no pueden ser utilizados? A su cuenta quedan. Y pase a reflexionar a la cárcel.

Ministros y diputados con fianza en metálico… Estamos envanecidos de haber tenido esta idea. Con fianza en metálico. ¿Cómo no se le habrá ocurrido a alguien antes?… El hombre que enriquece a su patria, no tiene por qué morir en la miseria. El que la perjudica, no debe zafarse mostrando su propia faltriquera vacía. Ahora se dice, encomiando a un político imbécil: «¡Murió pobre!» Cuando el sistema que defendemos se implante, se. dirá:
«Ése es fulano. Comenzó con un pequeño negocio de ruegos y preguntas, y… míralo…, es millonario. Los presupuestos de Fomento que ha patentado son los mejores que se fabrican hoy. Ha duplicado la riqueza nacional, y la comisión que le asigna la ley es fastuosa.»

Bien comprendernos que este procedimiento fracasaría en nuestra época. Los políticos de ahora sólo saben ser —y no en todos los casos— pobres, cosa bien fácil, que carece de mérito. Pero ahí queda la idea, por si las sociedades futuras se deciden a utilizaría.

No se arrepentirán.

La valía real de los diputados:

Otra demostración que tiende a probar que estos señores no merecen el dinero que piden.

Vamos a apartar a los grandes abogados, a los ingenieros, a aquellos que ganan mucho dinero con su profesión (apoyados, desde luego, en la política) y que por lo tanto, no están en el trance de pedir limosna al país. Quedémonos con el resto de los parlamentarios. Y hagamos almoneda. Ofrezcámoslos al país en una puja a la llana.
He aquí un diputado cualquiera, extraído del monton. Se os deja que le miréis, que le interroguéis, que le examinéis su ropa, que le deis leves golpes con los nudillos en la cabeza, para juzgarlos mejor… ¿Cuánto dais por él? ¿Quién quiere llevarle como auxiliar para su bufete, para su Banco, para su tienda de comestibles? ¿para su secretaría particular, para su periódico, para la portería de su casa? ¿Quién lo quiere? ¿Cuánto ofrece por él? ¿Hay alguien que lo contrate en mil pesetas mensuales? ¿No hay nadie? Pues ¿por qué le va a dar el país, al que perjudica con su inopia, esas mil pesetas?
La nación que tiene un Parlamento, debe pagar ese Parlamento. La nación que sufre, bajo ese nombre, al régimen de una concatenación de tertulias, las marrullerías de una pléyade de abogados, los perjuicios de la ignorancia y de la impotencia, de la incapacidad vanidosa y del nepotismo sin recato, de la ambición sin alas y del caciquismo codicioso, bastante hace con no derribar malhumoradamente todo el tinglado.

Una nueva estrategia militar:

Señor Galarza, usted no ha pensado en la eficacia belicosa de una banda. Verdad es que poca gente ha pensado en esto. No se obtiene de ellas todo lo que ellas pueden dar. Coloque usted esas cien bandas alrededor de una ciudad sitiada, y hágalas tocar día y noche, sin descanso, El gitanillo o el tango Milonguita. ¿Qué ocurriría, señor Galarza? Ocurriría que, en la primera jornada, los sitiados quizá organizasen bailes públicos; en la segunda jornada, no habría nadie en la ciudad que no tararease, contra su deseo, la Milon-guita; en la tercera jornada podría usted ver cómo algunos centinelas se suicidaban, arrojándose al foso desde lo alto de las murallas. Al sexto día, los sitiados procurarían aturdirse golpeando puertas, latas de petróleo y cacerolas vacías para ahogar las notas del tango. Los! que llegasen al día octavo sin enloquecer, abrirían lasj puertas de la plaza y saldrían, pálidos, aniquilados, a entregarse sin condiciones. No lo dude usted, señor Galarza. Y no dude que el dulce sonido de un oboe, tocado en un blocao, puede contener al moro que se arrastra arteramente en la noche para acercarse a las alambradas.

La función del gobernante:

No, yo no pienso así. Yo pienso: «valgo más que él». Porque yo tengo la misión de curtir cueros, y los curto muy bien: tan bien que nunca se quejó ningún cliente. Y ellos, los políticos, tienen la misión de gobernarnos bien, de procurarnos el bienestar, la comodidad, la cultura. Y no la cumplen satisfactoriamente. Cuando me den, no promesas, que todos las hacen, ni discursos bonitos, que todos saben pronunciarlos, sino realidades felices, yo saldré a saludarlos jubilosamente, con mis hijos encaramados sobre mis hombros, para que vean bien a sus bienhechores y los bendigan conmigo. Mientras tanto… no merece la pena. Un gobernante no es mi amo, es mi servidor. Yo le digo: «arrégleme bien el país», como él puede decirme: «cúrteme bien esas pieles». Nos servimos recíprocamente. Son dos destinos, y ninguno de ellos despreciable. Lo que puede hacernos poco o mucho apreciabíes a nosotros mismos, es el acierto con que lo interpretemos. He leído en los periódicos que el presidente ha dicho en un discurso a los castellanos: «Tenéis un destino que cumplir, y se trata de saber si sois iguales a vuestro destino.» Pero esa misma frase, sin cambiar la entonación, podemos nosotros, con mayor motivo y más justificado recelo, dirigirla a nuestros gobernantes. En España han cambiado mejor los nombres de las cosas que las cosas mismas.

3 comentarios

  • panta marzo 7, 2011en10:23 am

    Me he quedado muy impresionado.
    Le voy a pedir a mis progenitores si acceden a volverse personajes XD
    Aunque noto tras el humor, una amargura, no se limita a quejarse.
    ¿Lo habrá editado de nuevo austral?
    Saludos

  • Palimp marzo 14, 2011en11:40 am

    No lo creo… Wenceslao es uno de tantos olvidados de las letras, y es una pena, porque estos artículos rezuman mala leche y crítica certera.

  • Ferran junio 28, 2018en5:03 pm

    tengo en austral los dos volúmenes. Edición de 1964, muy bien conservados.
    Y, claro, ya los he leido y los vendo. Como dice el dueño de esta página, las críticas se pueden aplicar a la actualidad. Wenceslao escribia bien, podria ser más famoso pero…no era de unos ni de otros, criticó a todos por igual, sin dsicrimaciones. Y eso se habrá notado.
    Si alguien los quiere,e stoy en Barcelona.

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