Manuel Rivas. Los libros arden mal.

abril 23, 2010

Punto de lectura, 2007. 830 páginas.
Tit. Or. Os libros arden mal. Trad. Dolores Vilavedra.

Manuel Rivas, Los libros arden mal
El pueblo

¿He dicho ya que me encanta Manuel Rivas? Pues lo repito. Que novela, madre. Más de 800 páginas que acaban sabiendo a poco. Que enganchan, pero no como los superventas -con tácticas tramposas e intríngulis rebuscados- sino hablando bajito, directamente al alma.

Muchas historias conviven en este libro, como es habitual en el autor. No quiero llamarla novela coral, aunque este compuesta de muchas voces que cuentan lo suyo, a saltos, para que sea el lector el que reuna el puzzle y contemple el paisaje. El amor a los libros, a la cultura y al pueblo y la amargura contra quienes comenzaron una victoria quemando libros. Pero es difícil quemar un libro porque

No es tan fácil mantener a raya a las palabras. Son como cucarachas, como ratas. Andan por el subsuelo, por las alcantarillas, entre las tumbas. Son como insectos. Como bacterias. A los hombres es fácil pararles los pies, pero no es tan fácil ponerles límites a las palabras. Los silencios, las pausas, son parte del lenguaje. Un hombre en silencio, si está íntegro, es un peligro. Deberías haberte censurado, Dez.

¿Defensa de la lectura? Más claro el agua

¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones.

Porque no sólo de pan vive el hombre y no sólo van a comer cultura los ricos:

Es como una comida pantagruélica.

¿Y qué lleva esa comida tan retórica?

Curtís no sabía con exactitud a qué se refería Piolando. Pero le había gustado la expresión y había entendido lo que quería decir, no sólo por la cara rubicunda de Holando cuando la usó, sino por la palabra en sí, que era pródiga, y que llevaba con alegría el significado encima de las letras.

Pantagruélica es pantagruélica, como su nombre indica.

¿Hasta hartar?

Seguro.

Pues ponedlo así en el papel, que se entienda. ¡En cristiano!

Lo del bufé es por cultura. ¿A que sí, Curtís?

Sí, por cultura. También va a haber conferencias.

¿Conferencias? ¡Hummm! No espantéis a la gente. Una fiesta es una fiesta.

Son antes de comer. Abren mucho el apetito.

Eso está bien. No sólo van a comer cultura los ricos.

Los Caneiros era un fiesta, apuntó alguien, a la que hasta los muertos irían, si pudiesen.

Sí, confirmó Curtís, yo puedo conseguir los billetes. Este año hay un tren especial. Sí, un tren especial. Le gustaba repetirlo, porque le parecía que con su información escuchaba ya el silbido de la salida y ese voluntarioso optimismo de la locomotora al arrancar. Y cómo luego se subían a las barcas, la marea atlántica devolviendo el río hacia las fuentes, y el gaitero Polca que en la popa tocaba una alborada.

Un libro tierno y sincero como la vida misma. Ya lo dice Polca La vida es así, compañero, tiene vocación de cuento. Se que hay tipos duros que además de no bailar consideran cursi a Manuel Rivas. A mí, que soy blando como chocolate al sol, sus historias me calientan el corazoncito.

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(Te hará falta el programa EMule)


Extracto:[-]

La leche en polvo llegó en sacos que mandaron los norteamericanos. Al principio, al ver tantos sacos, se acercaron algunos pobres de los de pedir por las puertas, pero después no volvieron. No les gustó nada el sabor. O el color, quizá fue el color. Por eso pienso que, a veces, de ser pobre, lo mejor casi es ser pobre del todo, porque uno tiene esa libertad de no tener nada de nada. Y de no aceptar lo que no le gusta. Por ejemplo, el sabor amarillo pálido. Y nadie los obligó a volver a la escuela. Pues si no os gusta, hay que bebería igual. Eso fue lo que dijo la maestra los primeros días, aunque, a decir verdad, tampoco muy convencida. Deberían haber enviado otra cosa. Por ejemplo, Coca-Cola. Porque la gente no podía entender que la leche fuese en polvo. Había buena disposición a recibir cosas. La gente abría los brazos. Pero una cosa es la cortesía y otra tomar leche en polvo, viendo como veíamos tantas vacas. Cuando pasaban los primeros aviones nosotros gritábamos: ¡Caramelos, caramelos! La gente mayor recelaba de los aviones, pero nosotros confiábamos en ellos. Teníamos mucha fe en la aviación. Luego dijeron que la peste de la patata había venido por el aire. No como una plaga bíblica, en forma de nube insana, sino traída a propósito, por avionetas. Así que, según eso, cuando nosotros estábamos pidiendo caramelos con las manos extendidas hacia el cielo, lo que caían eran escarabajos. Y son lindos los escarabajos, a mí me parecen bonitos incluso los escarabajos de la peste de la patata, dorados y con listas negras. Parecen minúsculos juguetes de finísima hoja de lata. Tienen cuerda mientras roen. Y después mueren de esa manera tan moderna, a montones, a base de insecticida.


¿Qué? ¿Nadie piensa morirse? ¡No dais ni un duro de ganancia!

Eso era lo que decía Polca cuando pasaba ante la taberna A Pena do Cuco. Sus bromas de enterrador parroquial animaban mucho a la gente a vivir. A veces, cambiaba de estribillo y decía desde la puerta:

¿Nadie quiere una recomendación?

Y desde el mostrador le llamaban: Ante la muerte, el mejor remedio es abrir la boca. ¡Venga un vino, Polca!

Eso sí lo tenía seguro. La invitación a la ronda de vino. Pero también se la ganaba a pulso. Polca no sabía beber solo. Hay muchos bebedores solitarios. A Polca no le gustaba ese vino de la soledad. Un vino se merecía una historia, un hablar. Del Más Acá, y del Más Allá, en opinión de la gente, sabía más que el cura, que se limitaba a la información oficial. Había cuestiones que no se comentaban en presencia del párroco, no por otra cosa sino por su incompetencia en esas materias. Por ejemplo, Polca, dinos, ¿quién manda en la Santa Compaña, en la procesión de los difuntos? El que pone en marcha la Santa Compaña, según tengo entendido, es el enterrador más antiguo. ¿Y quién es ese comandante? Y será Adán* digo yo. ¿Y quién enterró a Adán, Polca? ¿Lo enterro Eva? No, fue un hijo, un tercer hijo del que casi no se habla y que debía de ser el de mejor madera. Aquí se llevan toda la fama Caín y Abel. El tercer hombre no debía de querer ninguna publicidad. Pero fue él, Set, quien enterró a su padre. Y en la tierra que cubre a ese primer muerto hinca un olivo. De ese olivo es del que sale el madero de la Santa Cruz.

Ésa es mucha casualidad, Polca.

La vida es así, compañero, tiene vocación de cuento. Y si no entiendes eso, no entiendes nada. Es de suponer que será Adán, por orden de antigüedad, quien llama a los otros: ¡Levantaos, difuntos, y salid todos juntos! A mí me parece un detalle importante. Lo de que decidan salir juntos, sin distinciones.


Polca a Ó: Tú no les tengas miedo a los muertos. Con quien hay que tener cuidado es con los vivos que te destrozan la vida. A esos que odian la vida los viejos los llamaban los de la Sociedad del Hueso. Lo de sembrar el terror es una cosa muy antigua y muy moderna al mismo tiempo. Lo que hacían éstos era arrojar de noche un hueso contra aquella ventana que viesen iluminada. Ésa era la manera de señalar a la víctima. Pero los muertos también saben devolverlas. Eso es lo que ignoran los matones. Que los muertos buscan la forma de defenderse. Los viejos hablan de la bofetada fría, que es la bofetada de los muertos que están mal enterrados. Yo conozco muchos casos. Muchos casos de asesinos que nunca han sido juzgados. Peor que eso. Los asesinos impartiendo Justicia, haciendo las leyes. Pero a muchos de ellos tamben les ha ido llegando la bofetada fría de los muertos, asesinos que se han vuelto locos.


¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones. Otra palabra, mi preferida. Escrúpulo. De scrupulus. Era el nombre que se le daba a una piedrecilla puntiaguda. Podía hacer las veces de cambio en los trueques. Pero después vino el significado que tú conoces. Más que saber lo que es, el escrúpulo se siente, ¿a que sí? Scrupulum injeci homini. He puesto al hombre sobre aviso. Es curioso. Sigue siendo una piedrecilla con aguijón. Lo que pasa es que ahora está dentro del cuerpo. ¿Cuál es la tuya? Una que te guste. Rápido. Ya.

Gabriel dudó por un instante si decir su palabra. Pero el hombre parecía cordial y, por otra parte, decirla le producía el gozo de quien le gasta una broma a un sabio. Acetilsalicílico, señor. No está mal.

De vez en cuando, el juez Samos se refería a Alfonso Sulfe como uno de los hombres más talentosos del país. Una lástima que se encerrase tanto en su cubil. Se veía que gozaba con sus expediciones etimológicas. Cuéntenos, Sulfe, el origen de la palabra chaqueta. Ofrecía entonces la sabiduría del amigo como una atracción en el círculo de la Cripta. Alfonso Sulfe se ruborizaba al principio, pero después se dejaba llevar a unos minutos de gloria.

Podríamos decir que la palabra chaqueta procede del Camino de Santiago. En Francia, Saint-Jacques. Ese es el huevo de la palabra. Jacques.

Un comentario

  • Francisco H. González noviembre 6, 2018en8:28 am

    Pues a ver si me animo a retomarlo, que me lo compré cuando lo publiqué, leí unos centenares de páginas y lo abandoné.
    Un saludo.

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