Ramón del Valle-Inclán. Divinas Palabras.

noviembre 23, 2009

Espasa Calpe colección Austral, 1961, 1996. 174 páginas.

Ramón del Valle-Inclán, Divinas Palabras
Tragicomedia de aldea

A veces ocurre: te gusta un autor pero se te escapa un libro. No estaba seguro de haber leído Divinas palabras pero no me iba a hacer mal releerlo. Lo bueno de los clásicos es que en cualquier biblioteca te los encuentras.

El argumento se encuentra en la Wikipedia: Divinas palabras. Aunque es una obra de teatro, es difícil de representar -y por lo visto así le gustaba a valle-Inclán que fuera. Hay una adaptación al cine que colgaré un día de estos. La acción gira alrededor de Laureaniño el Idiota, un enano que se reparten Pedro Gailo y su hermana Marica del Reino para ganar dinero exhibiéndolo.

¿Por qué el nombre de Valle-Inclán no está al lado de otros grandes de la dramaturgia mundial del siglo XX? Que alguien me lo explique porque no soy capaz de entenderlo. Seguro que se ha escrito mucho y bueno sobre esta obra pero mi impresión como lector más o menos inocente es de asombro y maravilla. La prosa, magnífica. La historia, intensa. El conjunto, embriagador y amargo.

Lo empecé como por obligación y me he encontrado un tesoro.

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Ramón María del Valle-Inclán – Divinas palabras.pdf


Extracto:[-]

San Clemente. El atrio con la iglesia en el fondo. Pasa entre los ramajes el claro de luna. Algunos faroles, po­sados en tierra, abren sus círculos de luz aceitosa en torno al bulto de la difunta, modelado bajo una sábana blanca. Los aldeanos del velorio —capas y mantillas— beben aguardiente al abrigo de la iglesia. El murmullo de las voces, las pisadas, las sombras tienen el sentido irreal y profundo de las consejas.

pedro gailo.—Desde el momento primero, yo fui en decir que la difunta finó por haber bebido de alguna fuente ponzoñosa, pues ya van muchas desgracias en ganados y cristianos así aparejadas.

mari-gaila.—Y el engendro bebió algún trago de la misma agua, pues todo se derramó, con perdón, en las pajas. Fue menester lavarlo como a un niño de teta. ¡Y si supieseis qué completo es de sus partes!

marica del reino.—¡Calla, cuñada! Poco tendrás que renegar de tales trabajos, que yo me hago cargo del carretón.

mari-gaila.—¡Ahí está su hermano! Con él te go­biernas, Marica.

marica del reino.—¿Qué tienes tú que deponer, hermano mío?

pedro gailo.—Los brazos de un hombre llevan me­jor cualisquiera carga.

marica del reino.—La voluntad de la difunta era encomendarme el cuidado del carretón. ¡Declarado me lo tenía!

mari-gaila.—¿Dónde están los testigos, Marica?

marica del reino.—Con mi hermano hablaba.

mari-gaila.—Pero yo te escuchaba.

marica del reino.—¡Ay si la difunta pudiera decla­rar su voluntad!

pedro gailo.—¡Habla tú, difunta hermana mía! Ha­bla si era tu intención negar la ley de familia.

la tatula.—No esperes te responda, que la muerte no hila palabras.

el pedáneo.—Tiene sin aire el fol, y no hay pala­bra sin aire, como no hay llama.

pedro gailo.—Pero se obran prodigios.

el pedáneo.—En otros tiempos, que en éstos al ca­rro de la muerte ninguno le quita los bueyes.

marica del reino.—¡Y todo este hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales!

mari-gaila.—No habrá pleito si tú respetas el dere­cho del que nació varón.

marica del reino.—Consultaremos con hombres de Ley.

el pedáneo.—¡Como lleguéis a la puerta del aboga­do, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si fuese a daros mi dictado, a ningu­no había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la Ley!

mari-gaila.—¿No llama al hermano varón?

el pedáneo.—Las voces de la Ley tú no las al­canzas.

mari-gaila.—¡Pero aquí hay alguno que sabe la­tines!

el pedáneo.—A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de Ley.

pedro gailo.—¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

el pedáneo.—Si no habéis de seguirlo, ¡para qué escucharlo!

marica del reino.—Te pedimos tu consejo, y cum­ples con darlo.

el pedáneo.—Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo.

la tatula.—Tampoco había pleito.

el pedáneo.—Pues si solamente deja uno, también habéis de repartiros la carga que represente.

la tatula.—No es carga, que es provecho.

el pedáneo.—Son bienes pro indiviso, que dicen en juzgados.

mari-gaila.—¡Ay Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón! Zueco en dos plantas, ¿dónde irás que lo veas?

el pedáneo.—Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente.

una mocina.—Mi padre muele doce horas en el mo­lino de András.

marica del reino.—Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias, deter­minados los días.

el pedáneo.—Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maqui­la, y el otro, de jueves a sábados. Los domingos van al­ternados.

la tatula.—Así no había pleito.

marica del reino.—A ti corresponde hablar, her­mano mío.

pedro gailo.—Lo que propone aquí este vecino hon­rado es un consejo, y a nosotros cumple tomarlo o de­jarlo. Mi sentir ya está manifiesto, el tuyo debes de­clararlo.

marica del reino.—Mi sentir está con el tuyo, y de ahí no me descarrío.

mari-gaila.—Retuertas vienen esas palabras.

marica del reino.—Claras como el sol.

el pedáneo.—Veremos si yo marcho por tus cami­nos, Marica del Reino. A mi ver, con tales palabras quieres significar que te avienes con aquello que se avenga este tu hermano.

marica del reino.—¡Claramente!

el pedáneo.—¿Y tú qué respondes, Pedro del Reino?

mari-gaila.—Este bragazas se conforma al respec­tive.

el pedáneo.—Pues muera el cuento.

marica del reino.—Por manera que tres días el Carretón al cargo mío y otros tres al cargo de mi cu­ñada.

el pedáneo.—El domingo es el indiviso.

la tatula.—Ya tenéis hechas las partijas, sin pe­ritos.

mari-gaila.— Hay que cumplimentarlo bebiendo una copa. Cachea por el caneco del aguardiente, marido.

pedro gailo.—Míralo a la ventana tuya, arrimado a las parihuelas de la difunta.

mari-gaila.—Y hay que darle una copa al baldadiño.

el pedáneo.—¿Lo cata?

mari-gaila.—Y se relame. Veréis vosotros cómo no se conforma con una. Está imbuido en la bebida.

la tatula.—Tantas lluvias y soles por caminos… Sin ese reparo moría.

mari-gaila.—¿Quieres echar una copa, Laureano?

la tatula.—Amuéstrale el caneco, que por palabras no saca el sentido.

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