Sergio Pitol. El tañido de una flauta.

octubre 9, 2006

Editorial Anagrama, 1986. 217 páginas.

PitolTañidoFlauta
Vida de artistas

No recuerdo si he comentado alguna vez por aquí cual es el método de trabajo que utilizo para escribir este blog. La cosa va más o menos así: primero voy leyendo los libros y los voy apilando al lado del ordenador. Cuando la montaña es peligrosamente grande y no me deja espacio en la mesa me voy planteando escribir las reseñas. Busco algún momento libre -normalmente el fin de semana- y me quito de encima las que puedo. Algunas veces el quitarse de encima es tan literal que así me salen. Consecuencia de todo esto es que muchas veces tengo que reseñar un libro que me he leído hace dos meses (y yo no tomo notas como la aplicada Cristina) y en ocasiones no me acuerdo muy bien del argumento. También implica que voy acumulando reseñas enlatadas que voy colgando cuando puedo y cuando ustedes leen una es de un libro que he leído hace tiempo.

El caso actual es todavía peor; aunque lo leí en mayo se despistó en el traslado y no ha aparecido hasta hace poco. Cuatro meses transcurridos que no han borrado de mi memoria las buenas sensaciones que me dejó pero que me han desdibujado trama y personajes. A ver que puedo reconstruir.

El tañido de una flauta es una ampliación de un cuento anterior Ícaro (que puede encontrarse en los mejores cuentos). Un productor de cine de cierta fama asiste en un festival a la proyección de una película japonesa -titulada, como el libro, El tañido de una flauta. En ella ve reflejada la historia de un antiguo amigo suyo, Carlos Ibarra, incluyendo detalles del final de su vida que hasta entonces desconocía. Un final de un fracaso sórdido e inevitable. Junto a los recuerdos de Carlos y de su vida Pitol narra la historia de un pintor que alcanzó cierto renombre en Londres y que regresa a un México en el que es un tanto desconocido.

Novela fragmentaria -como muchos de sus cuentos- y de oposición de sus protagonistas; el clásico artista genial pero intratable, excéntrico, carismático y de mala vida, el que asustado del éxito vuelve al hogar y el que ha abandonado las intenciones artísticas y ha alcanzado la fama pero en otro ámbito. Tres actitudes con un mismo resultado: naufragio de los ideales, olvido del arte.

Me gustó bastante más que El desfile del amor. Se parece más a sus cuentos, la prosa es excelente y los personajes de sus páginas también. El contar poco a poco, el relato astillado y mezclado deja la sensación de que nunca conoceremos del todo la historia -¿la sabe, acaso, el autor?-, aunque parezca que tenemos todas las claves.

Lo leí hace tiempo pero recuerdo perfectamente la sensación que tuve cuando acabé su lectura: que era un libro excelente.

Escuchando: Conozca el interior. Les luthiers.


Extracto -algo largo pero que merece la pena-:


Si alguien cinco, seis, diez años antes, le hubiera asegurado que llegaría un día en que recibiría con indiferencia la noticia de su muerte, habría tenido que enfrentarse no sólo a una total incredulidad sino que además quien lo dijera lo heriría en lo vivo. Sin embargo así fue. No hubo estupefacción, ni dolor, sólo tranquilidad. Se dijo que para el propio Carlos la muerte había sido seguramente la mejor solución. Su novela, el legendario, eterno work in progress se había quedado en un proyecto de realización imposible, con el cual, al final, ni siquiera él podía engañarse. Había perdido todo atractivo. Del joven brillante y divertido que conoció, cuya amistad mantuvo a través de diversos encuentros y de una nutrida correspondencia, no quedaba sino un viejo estrafalario, descuidado en el vestir —le parecía ver aún los zapatos innobles de la última vez—, mal afeitado, con un tufillo sospechoso y una impertinencia tan desmedida como su necesidad de alcohol.

Nunca logró, y por eso Hotel de frontera resultó, más que por cualquier otra razón, una película desvaída y poco convincente, constreñir a Carlos a un marco establecido, encasillarlo, encontrarle un sitio dentro de una jerarquía conocida. No fue un beatnik, a cuya época más bien pertenecía; cuando el auge de los hippies, él ya estaba liquidado; no hubiera podido incorporarse a ellos, no sólo por razones de edad, sino de temperamento. Su protesta era de otro tipo; enteramente natural e inconsciente. Nada tuvo de programático. En un principio fue muy simple; consistió sólo en ejercer su capacidad para el placer.

—Nuestro mundo, éste por el que tú y yo deambulamos, no admite la alegría, a menos que la haya previamente codificado. Debes, ü faut, bisogna, you need mostrar júbilo, felicidad, exultación, pero siempre y cuando sea como respuesta a un factor creado exprofeso: el circo, los bufones, la comedia, los chistes, la mujer gorda que se cae al suelo, la farsa, el ridículo, lo grotesco, el saínete, la caricatura, el pastel estampado en una cara mofletuda, todo en la dosis conveniente; sí, sí, muy bien regulado, de manera que hasta los suizos puedan lograr su cotidiana dosis de júbilo. Pero ser feliz sin un motivo determinado, reírte sin motivo como la genial hiena del cuento, eso ya es otra cosa y no te lo perdona nadie. Inténtalo y verás; verás que de repente te has acercado al desafío, que irritas a los demás en una zona imprecisa, en un flanco no custodiado y por ello su desconfianza será mayor. Descubrirás que casi todo el mundo, aun quienes navegan con banderas de heterodoxia, en el fondo sólo aspiran a la sacralización.

Fueron los pasos iniciales. No pudo mantener la línea. ¿Dejaría de creer en ella? ¿Le habría resultado imposible seguir siendo feliz? ¿O inofensivo? En definitiva, su verdadera protesta residió en el silencio, en no escribir nunca la novela, cuyos primeros capítulos le había oído leer mil años atrás en México. Pero también en eso resultó vencido. Su silencio no había sido el de Duchamp sino el del derrotado. El mundo terminó por moldearlo, sin que él lo percibiera con claridad, incapacitándolo para defenderse. El mundo conformó un producto del todo distinto al ser que él se había propuesto realizar. Por eso Hayashi no pudo tener los mismos problemas que él para asir al personaje. Cuando lo tomó, ya Carlos estaba catalogado. La vida terminó por reducirlo a un modelo prefabricado. De haber vivido un poco más habría repetido el desprestigiado anacrónico modelo del viejo literato latinoamericano varado en Europa, borrachín, desventurado, sin asideros, a quien hasta sus amigos le sacaban la vuelta, o saludaban, si acaso, con fastidio y a la defensiva contra el infalible sablazo. Y en parte ya Carlos era eso.

—Lo debes buscar. Encuéntralo a como dé lugar. Te mostrará todo lo que haya de interés en Londres. Lo conoces, ¿verdad? No dejes de localizarlo. Tiene miles de amistades formidables. Moreno y Gloria se divirtieron a morir los días que pasaron con él.

Pasó cinco semanas perfeccionando su inglés en una escuela, y en vano trató de convencer a sus padres para que le permitieran quedarse y estudiar cine. No buscó a Carlos. En realidad no eran amigos. Desde un principio se integró a un grupo de estudiantes mexicanos. Un mediodía, en vísperas del regreso, fue a la Embajada a despedirse de algunos amigos. Ahí, por azar, lo encontró. Estaba eufórico. Acababa de recibir un cheque de Venezuela, el pago de unos reportajes. Fueron a comer. Cuando le contó el tiempo que llevaba viviendo en Londres, le reprochó no haberse puesto en contacto con él, lo convenció de que pospusiera el viaje por dos o tres semanas y en ese tiempo lo sumergió en una fábula de acontecimientos, reuniones, amigos, pubs, pequeños y formidables restaurantes centroeuropeos y balcánicos, de modo que Londres adquirió de pronto una dimensión inimaginada. Su estancia, antes del encuentro, le llegó a parecer banal, inexistente, y las veces en que posteriormente volvió, la ciudad le produjo siempre una desilusión; como si un día hubiera poseído, para después perderlas, las armas que le permitían penetrarla. El mundo abigarrado de Carlos, su incoherencia aparente, sustentada por elementos incasables, antagónicos, por enlaces que le daban una unidad clandestina y estricta, no podía menos que enfebrecerlo. Se medio enamoró de Lucy, una chica uruguaya, y disfrutó intensamente con las andanzas, falsos éxtasis y tribulaciones de la Falsa Tortuga. Pasó también un fin de semana en Liverpool.

Recuerda la noche de la despedida en la estación Victoria, el fastidio de tener que ir al Havre a embarcarse, la pena de abandonar Londres. Estaban de pie en un bar de la estación. Habían bebido mucho. Sentía profundamente no poder quedarse a estudiar. Pero sus padres habían mostrado una intransigencia radical. La Europa de la posguerra no daba las garantías suficientes para su educación. Lucy no había podido ir a despedirlo. Ninguno de los dos hablaba. Bebían. Sentía deseos de abrazarlo y expresarle de alguna manera lo mucho que le dolía esa separación, la amistad que sentía por él, lo reconocido que le quedaba por esos días; lo consideraría siempre como a un hermano, no, como algo más. Comenzó a hablar; se sentía mareado; advirtió que los ojos se le empezaban a empañar y por pudor, por rabia, por miedo a sentirse poco viril, a que sus manifestaciones de afecto fueran interpretadas equivocadamente, o, peor, recibidas con algún comentario irónico, reaccionó con violencia. Le dijo que la estancia habíaN sido muy agradable, pero que se iba preocupado por el desperdicio de tiempo y de energía en que lo veía consumirse. Se divertía mucho, eso era estupendo, ¡para algo eran jóvenes!, pero también había que asumir ciertas responsabilidades, imponerse una disciplina. Veía serios riesgos en esa forma de vida tan grata como dilapidada que llevaba. Desde un punto de vista intelectual, también emocional, era necesario encontrar un eje, no perderse en esa dispersión absurda que podía convertirse en el mayor peligro para el desarrollo de una obra.

Carlos lo interrumpió y comenzó a declamar dramáticamente aquellas líneas que le volvería a oír infinidad de veces en ocasiones posteriores:

«¿Has advertido en qué cosa indigna pretendes convertirme?
¡Quieres tañerme!
Pretendes conocer todos mis registros.
Deseas penetrar hasta el corazón de mis secretos,
pretendes sondearme, para que emita desde la nota más grave
a la más aguda del diapasón.
¿Piensas acaso que soy más fácil de tañer que una flauta?
Tómame por el instrumento que más te plazca,
pero por mucho que me trates, te lo advierto, no conseguirás obtener de mí sonido alguno.»

Hubo un silencio de unos cuantos minutos. Por fin se atrevió a preguntar tímidamente:

—¿Es un poema tuyo?

—¿Piensas acaso que soy más fácil de tañer que una flauta? ¡Grandísimo imbécil!, ¿para esto me sirvió haberte arrastrado al Hamlet de Redgrave? ¿Para que tres días después no reconozcas uno de los monólogos más importantes?

Un silbatazo. El tren estaba por salir. Corrieron. A duras penas lograron que el mozo volviera a abrir la puerta para subir las maletas. Vio a Carlos desintegrarse, envuelto repentinamente por una nube de vapor. Levantó la mirada hacia el enrejado del techo; cuando volvió a bajarla, la nube había desparecido y con ella su amigo.

Un comentario

  • Steven mayo 9, 2011en5:49 pm

    Este artículo es lo mejor de lo mejor, pocas veces se puede encontrar algo útil por la red. Te guardo en favoritos, gracias

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